
Mi post de ayer – Macarras Country – levantó bastantes comentarios por parte de mis colegas y de algunos anónimos no tan colegas. Casi todos nosotros coincidíamos en que algo hemos hecho mal aunque no había una explicitación exacta de qué.
Hoy voy a intentar esbozar una sospecha fundada y lo hago a regañadientes porque soy consciente de las aguas revueltas en las que uno se sumerge y el peligro de ser tachado de, al menos, reaccionario, tirando por lo suave.
¿Cuál es mi sospecha?
Bastante simple: la obsesión por la igualdad nos ha llevado a este nivel de majadería, incultura, despropósito esperpéntico y nihilismo social.
La “lucha por la igualdad” ha sido, es y será uno de los grandes motores de la historia humana, pero, al igual que todo en esta vida, encierra una paradoja difícil de aceptar y desvelar: ¿cuál es el precio?
El término “desigualdad social” puede entenderse como una situación en la que no todas los ciudadanos de una misma sociedad, comunidad o país, tienen los mismos derechos, obligaciones, bienes, beneficios, oportunidades o acceso a tales. En estos términos, siento decirlo, pero me veo una victima de la igualdad. ¿Por qué no tengo derecho a equivocarme en un ceda al paso sin correr el peligro de que un energúmeno se baje de su buga y me parta la cara? ¿Por qué no tengo derecho a ir a un campo de futbol y disfrutar de mi equipo sin que una bestia desenfrenada me proporcione una paliza? ¿Por qué no tengo derecho a que se me muestre una mínima empatía y educación cuando acudo a un bar a tomarme un cafecito? ¿Por qué no tengo derecho a que sean profesionales quienes “conduzcan” algunos programas televisivos sin tener que sufrir a una mariloli con tacón aquí te piso aquí te mato? En fin, ¿Por qué tengo que soportar a un macarra más basto que la lija del 88 como es el tal Cobra en “mi cadena de televisión?
Richard Wilkinson y Kate Pickett publicaron el pasado año un estudio ciertamente curioso: Desigualdad, un análisis de la infelicidad colectiva. En el estudio se afirma que los países con mayores desigualdades económicas tienen mayores problemas de salud mental y drogas, menores niveles de salud física y menor esperanza de vida, peores rendimientos académico y mayores índices de embarazos juveniles no deseados .En esos casos también se comprobó que no es el nivel de renta sino la desigualdad económica el factor explicativo principal. Por lo que los autores de dicho estudio concluyen que entre los países más desarrollados, los más igualitarios obtienen un mejor comportamiento en una serie amplia de índices de bienestar social. Puedo estar de acuerdo, pero tan sólo parcialmente a la vista de lo que ocurre en mi país desarrollado.
En mi humilde e ignorante opinión, en este país hemos pretendido que todos tengan un ordenador de última generación sin haber pasado antes por los cuadernos de Rubio. La igualdad, las igualdades siempre son deseables como leit motiv, pero debieran ir acompañadas de los límites explícitos y, en ocasiones sancionadores, que puedan proteger a quienes siempre han luchado por ellas. En otras palabras, nos hemos convertido en victimas de nuestro propio deseo.
Y quisiera terminar invocando a mostrarse cautos a la hora de recurrir a la muletilla de la escuela y la educación. La Escuela también necesita ser rescatada de tanta zafiedad, incultura y violencia física y emocional. Sólo entonces, podremos pedirle que nos eche una mano en esta tarea.
Buenos días y buena suerte