
Toda empresa que aspira al éxito debe tener en mente la posibilidad de protagonizar una innovación de las calificadas como radicales. Ese fenómeno que lo transforma todo o, como dicen en Motorola, cambia definitivamente las reglas del juego.
Pero mantener una tendencia en la búsqueda de la innovación disruptiva como objetivo estratégico de la empresa, es tan absurdo como defender la necesidad vital de una revolución constante.
Frente a las innovaciones radicales, las de carácter incremental parecen no acumular tanto valor. Sin embargo, una política de innovación incremental continuada, acaba resultando tan valiosa o, incluso mucho más eficaz en términos de valor, que una revolución radical aislada. La innovación incremental, es decir la mejora de algo ya existente, no ha adquirido el protagonismo que se merece por múltiples razones, entre las que destacamos:
• Su difícil diferenciación con una política de Mejora Continua asentada en estructuras de Gestión de Calidad.
• Su implicación emocional y organizativa que conlleva transformaciones profundas en el modelo de estructura de la empresa y en la tradicional gestión de las personas.
• Su carácter localizado que implica, entre otras cosas, una repercusión limitada en la cuenta de resultados. Aunque esto sólo sea cierto cuando se contemplan individualmente.
Sin embargo, una innovación incremental sostenida puede llegar a influir decisivamente en una tendencia de crecimiento sostenido de la organización. Con todo, y como suele ocurrir con casi todo, en el equilibrio se encuentra la virtud. La innovación radical o disruptiva no es mejor que la incremental o sostenida y viceversa. Si observamos atentamente, llegaremos a la conclusión de que las empresas y corporaciones de éxito han basado su estrategia en una sabia combinación de ambos tipos. A una innovación radical, le sigue un dilatado período de innovación incremental derivada de la primera y que permite a la empresa recuperar la inversión acometida, así como mantener “la distancia de escape” con respecto a sus competidores.
Apple protagonizó una gran innovación radical con el iPod. Pero, a continuación , desplegó una considerable batería de innovaciones incrementales. De hecho, el iPhone primero y el iPad después, rozan los umbrales de la disruptividad, pero, en realidad, son innovaciones incrementales acumuladas.
La innovación radical es un hito, pero no debemos olvidar que, entre un hito y otro, debe existir una vía que los una y ésta no es otra que la innovación incremental.
España y su economía se encuentran en una encrucijada marcada por la perdida de competitividad, la necesidad de una reforma estructural de gran calado y el reto de conseguir mayores porciones de pastel en un mercado cada vez más globalizado y competitivo. Y, todo ello, enmarcado en el trasfondo de una crisis financiera y de confianza de amplias dimensiones. Todo ello, nos debe llevar a una conclusión evidente: necesitamos cambiar. Es decir, la innovación o como quiera que llamemos al cambio, es la estrategia a seguir.
Sin embargo, los gobiernos centrales y autonómicos, insisten en poner el acento y el dinero en el factor tecnológico y la investigación avanzada sin conseguir mayores resultados más allá de cierta mejora en los famosas listas. Las razones de este fiasco son evidentes:
• Ausencia de una política educativa acorde con las pretensiones expresadas. Ya se sabe: donde no hay mata, no hay patata.
• Baja permeabilidad del “discurso de la innovación en el tejido empresarial con los correspondientes bajos rendimientos macroeconómicos. La Innovación no sólo se ha convertido en una moda peligrosa, sino también en un argumento retórico más de la clase política.
• Insistencia en confundir la tecnología como un fin en lugar de percibirla como lo que realmente es: un medio.
• Ausencia de un tejido empresarial capaz de soportar y recibir los resultados de la investigación básica y aplicada que ya se está desarrollando en determinados sectores.
A nadie le amarga un dulce. Nadie renunciaría a la posibilidad de encadenar el protagonismo de una serie de innovaciones radicales. Pero el escenario, hoy por hoy, no es el adecuado para ello. Todo llegará si somos capaces de pensar y actuar a medio y largo plazo ( términos impensables, políticamente hablando). Pero, hasta entonces, la clave no está ni en mantener en marcha el circo político –mediático en torno a la innovación, ni mucho menos aún, renunciar a ella.
Hay tareas previas por hacer. Pero, hasta entonces, quizás una de las claves sea centrarse en aquello que podemos hacer y hacerlo bien: innovación incremental en todos los frentes.





