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domingo, 14 de junio de 2009

POBRES Y RICOS, TONTOS Y LISTOS


DE POBRES Y RICOS - PARTE II
Herr Marx ironizaba con la abundancia de los pobres y Herbert Spencer afirmaba la escasez natural de los ricos, dando lugar a lo que conocemos como darwinismo social, una doctrina que alcanzó notoriedad en el Nuevo Mundo y llegó a su máxima interpretación en el Viejo Mundo de la mano de un oscuro cabo llamado Adolfo Hitler, aunque esa es otra historia.
Spencer sacralizó la división entre ricos y pobres. Acabó con la Incertidumbre de los primeros, y al mismo tiempo aseguró a los segundos la Certidumbre de la igualdad de oportunidades en un entorno libre y competitivo.
Pero la dualidad es uno de los Modelos Estables más viejos y conocidos. Los pobres no existirían sin los ricos y viceversa, los unos son la razón de ser de los otros. El Blanco y el Negro, el Ying y el Yang, la Miseria de la Filosofía y la Filosofía de la Miseria, Herr Marx y Mister Spencer. Hasta el propio Dios pareció necesitar a su otro Yo, según nos cuenta el Génesis, cuando exclamó, después de ver como Adán y Eva sucumbieron a la tentación de la serpiente: “Hete aquí que el hombre se ha convertido en uno de nosotros, conocedor del Bien y del Mal”.
¿Uno de nosotros? ¿El Dios omnipotente y único? ¿Quién es el otro? Aquello fue el principio de nuestra historia en libertad. Y todo, a partir del conocimiento de la primera gran dualidad estable: el Bien y el Mal. Desde entonces, la dualidad ha alcanzado a casi todo, incluida la Inteligencia.
Hasta no hace mucho se hablaba con naturalidad de gente inteligente y menos inteligentes. Como se puede deducir fácilmente, el segundo grupo era más numeroso y de ahí el plural. Pero además, la gente menos inteligente estaba, a su vez, dividida en distintos subgrupos que iban desde los simplemente bobos a los increíblemente idiotas, pasando por los inesperadamente imbeciles. Todo estaba perfectamente delimitado. Tanto es así que el idiota no superaba los dos o tres años de edad mental, no hablaba y rara vez andaba o cuidaba su aseo. El imbecil, además de un término procaz y agresivo, era aquel personaje más inteligente que el idiota ya que su edad mental se movía entre los tres y los siete años, hablaba con dificultad, pero su inteligencia práctica le permitía realizar pequeños trabajos manuales útiles para la comunidad.
La historia de la Sicología de la Inteligencia presenta algunos personajes que serían capaces de convertirla en un relato de Lovecraft, apto para no dormir. Francis Galton, elegante caballero victoriano pasa por ser el primer mortal que intentó medir directamente la Inteligencia. La conclusión de sus estudios fue inestimable para los ricos de su época: las desigualdades sociales no eran otra cosa que el reflejo de graves diferencias entre las capacidades intelectuales. La teoría afirmaba la validez de la herencia inteligente como argumento para la preeminencia social, sin embargo, no tuvo en cuenta otro tipo de herencia: la material. En otras palabras, un imbecil podía llegar a ser Conde de Mountchester por el simple hecho de haber heredado tierras y palacios. Esta nimiedad de los hijos de los pobres ricos originales resultaba ser también el punto débil de las ideas de Herbert Spencer. Uno podía admitir la riqueza como producto de la selección natural en aquel que la había amasado, pero los herederos no pasaban por selección alguna. Como la misma palabra indica, heredaban, es decir tenían simple y llanamente la extraña fortuna de haber nacido ricos.
Curiosamente, Francis Galton era primo de Charles Darwin. Pese a ello, es dudoso que invitara a sus cenas de cumpleaños al hombre de las Galápagos. Sin embargo, de haber sido contemporáneos, Herbert Spencer y Beecher ocuparían sitios de honor en la mesa; Benito Aranzibia se limitaría a servir la Vichyssoise, fría por supuesto.
Tanto insistió Galton en sus ideas innatistas sobre la Inteligencia que acabó convirtiéndose en portavoz del movimiento eugenésico que abogaba por un control de la natalidad de las gentes inferiores y, en consecuencia, menos inteligentes. No hay duda de que Adolf Hitler no se hubiera perdido ni una sola cena de cumpleaños del baronet inglés.
Henry Goodard es otro personaje notable en la Historia de la Inteligencia. No inventó los famosos test de inteligencia, pero sí fue el primero en popularizarlos al otro lado del Atlántico. Estos test miden el CI, es decir el cociente de inteligencia. Hoy en día, los test de CI mueven un negocio multimillonario y continúan siendo objeto de controversia en relación a su validez. Dejando esto de lado, sí es posible afirmar que los primeros test tenían como objeto confirmar las teorías deterministas biológicas que defendían a capa y espada el concepto de inteligencia genética. Era como poner a un rico heredero y a un pastor, recién salido de los prados de montaña, a jugar al golf. Es fácil adivinar quién completaría antes el recorrido. En cualquier caso, sería curioso medir la inteligencia del aprendiz de millonario en el arte de hacer queso de cabra.
Goodard realizó un interesante estudio en 1912, analizando las expresiones faciales de un conjunto de campesinos de baja condición social y económica, llegando a la conclusión de que sus caras reflejaban bajas cotas de inteligencia que provocaban su situación. Para desgracia de Goodard y su memoria, hace algunos años se descubrió que las fotos que había tomado de los campesinos para argumentar su teoría habían sido manipuladas y retocadas.
Podría escribir un grueso volumen con anécdotas de personajes como Galton y Goodard. Sin embargo, confesaba en el inicio que este no es un libro de viajes, pero habla de un viaje en busca de la Incertidumbre que asegure esperanza y esta, a su vez, Progreso. Frente a la certidumbre innatista de la Inteligencia por nacimiento, debemos defender la incertidumbre ambientalista que habla de vivir para aprender a ser más inteligentes. Vivir para conseguir Conocimiento que nos permita superarlo generando Progreso y, en definitiva, alcanzar la Sabiduría. Y todo ello, sin negar el factor de influencia genética, pero sin caer tampoco en un darwinismo psicológico radicalmente estable y por ello intolerable.
Pero volvamos al cociente de inteligencia y, en concreto, a una cuestión que siempre ronda en el ambiente: ¿Existe un mínimo de CI que nos aleje de las brumosas fronteras de la idiotez o, al menos, nos mantenga en la tediosa y segura mediocridad?
Al parecer, existe una respuesta, pese a la complejidad de la pregunta. Y no solamente eso, hasta se registra un apreciable consenso a la hora de establecer un gradiente valorativo a partir de las distintas puntuaciones obtenidas en los test de Inteligencia. Así, quienes obtienen 150 o más son considerados Superdotados, 130 otorga la categoría de Nivel de Inteligencia Muy Superior. Obtener una calificación entre 120 y 129, asegura ser definido como de Inteligencia Superior, mientras que 110 – 119 tan sólo asegura una calificación de Inteligencia Brillante por encima de lo normal. Entre 90 y 109 nos movemos en los limites de lo simplemente calificado como Normal. A partir de ahí, las cosas se ponen difíciles. Así, por ejemplo una calificación que oscile entre 70 – 89 empieza a ser sospechosa. Moverse en un 60 – 70 significa ser calificado como Retrasado Mental, si la puntuación desciende hasta los 50, el término Retrasado se acompaña del adjetivo Grave. Finalmente, los Imbeciles se sitúan entre los 50 y 25, y los Idiotas de ahí para abajo. En cualquier caso, siempre existe la posibilidad de argumentar aquello de un mal día lo tiene cualquiera.
Es probable que alguien se pregunte si es posible alcanzar puntuaciones por encima de los 180 o 200. No sólo es posible, una mujer detenta el record mundial medido con 228 de C.I. En cualquier caso, parece ser una persona normal que disfruta de un trabajo normal en una revista normal, es decir no hablamos de un genio.

lunes, 25 de mayo de 2009

LIDERAZGO, CAÑONES Y MANTEQUILLA


Aunque hablemos de situaciones complejas en las que es necesario tomar decisiones de largo alcance, es difícil llegar a establecer un prototipo estándar, por mucho que tratemos de otorgarles la calificación genérica de “problemas”.
De igual forma, tratar de establecer unos perfiles cerrados en los comportamientos de aquellos que definimos como “lideres” es algo prácticamente imposible. Cada situación es específica e irrepetible, cada organización tiene sus “rarezas” y sus respuestas a los estímulos del entorno son siempre distintas. Es comprensible que, en nuestro intento por controlar y hacer nuestras las situaciones, tratemos siempre de generar taxonomías que puedan explicar los aciertos o errores de los actores que representan los dramas estratégicos. Y, también es cierto y comprensible, que ensayistas, conferenciantes, expertos y demás gentes necesiten de estas clasificaciones para ganarse honradamente la vida. Pero cada liderazgo es único y, aunque es posible encontrar algunas notas coincidentes, resulta un ejercicio complejo tratar de reducir sus comportamientos extremos a una tabla de coincidencias o divergencias.
Siempre he sentido inclinación por el estudio del liderazgo político entre los años 30 y 40 del siglo pasado. Este, llamémosle hobby, me ha llevado a conocer profundamente las personalidades de Churchill, Roosevelt, Stalin y, por supuesto, Hitler. Porque, aunque algunos se nieguen a admitirlo, los cuatro ejercieron un liderazgo profundo sobre sus pueblos, no solamente aquellos que acabaron como vencedores y no eran rusos. Pero incluso centrándonos en Churchill y Roosevelt, es difícil, por no decir imposible, encontrar líneas coincidentes en sus actuaciones. Las variantes, tanto personales como contextuales, ejercen una influencia decisiva en los perfiles personales de actuación. ¿Qué hubiera sido de Winston Churchill sin la etapa pacifista de Chamberlain y el estigma del desastre del 14? ¿Dónde hubiera acabado Hitler sin una generación perdida de jóvenes alemanes? La conclusión final a la que se llega es que cada liderazgo es un universo en sí mismo, constituido básicamente por la inter acción del líder con las situaciones específicas que se le presentan.
En definitiva, y respondiendo a la pregunta que se me hacía en uno de los comentarios al post Cañones y Mantequilla, no me siento capaz de definir cuáles son las virtudes o patrones conductuales del Líder Estratégico. Precisamente porque es “estratégico”, es decir actúa bajo la presencia y presión de un PROBLEMA que no es otra cosa que una situación nueva, desconocida e imprevisible. Puedo aventurarme a perfilar algunas “virtudes” que debieran iluminar su actuación, pero poco más desde una actitud honrada de reconocimiento de la complejidad humana.
¿Cuáles podrían ser estas virtudes? Sinceramente, creo que se resumen en cinco palabras:
• VISION
• PROPOSITO
• COMUNICACIÓN
• SACRIFICIO
• VALORES
Quizás puede llamar la atención que en esta breve lista falten cosas tan esenciales como la capacidad de tomar decisiones, generar estrategias, etcétera. Pero, personalmente, creo que todas ellas no son virtudes, cualidades o como se les quiera llamar. Más bien son parámetros característicos de una situación problemática a los que cada líder deberá enfrentarse armado de estas cuatro virtudes.
Incluso diría que el término “estrategia” debe ser manejado con cuidado en estos tiempos que corren. Cinco años ya no es futuro, sino ciencia ficción. Necesitamos enfoques estratégicos más que estrategias. En este sentido, recomiendo la lectura de Arie de Geus, antiguo jefe de Planificación Estratégica de Shell. Un punto de vista brillante, expuesto en su ensayo The Living Company. Y, de igual forma, recomiendo acercarse al liderazgo de los 30 – 40 del pasado siglo. Este periodo encierra muchas de las claves a situaciones y respuestas que manejamos en la actualidad. Una lectura que de entrada puede resultar interesante es la obra de Andrew Roberts, Hitler y Churchill, los secretos del liderazgo.

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