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jueves, 18 de marzo de 2010

BANCOS, BANQUILLOS Y BANQUETES


Quien suscribe es, a mucha honra, miembro del club de los “antipatriotas”, esos gafes que comenzaron a pregonar la llegada de la tormenta perfecta allá por el 2006 y que, pese a los brotes verdes, continuamos insistiendo en que nos queda mucha travesía por sufrir.
Le guste o no, al señor presidente del gobierno se le aparecieron las vírgenes de Lourdes, Montserrat y Guadalupe en tripartito perfecto con esto de la crisis global. ¿Se imaginan el papelón sin la excusa de una catástrofe mundial? Ahora, al menos, siempre queda el recurso de la conspiración judía allá por donde estuvieron en otros tiempos Las Gemelas. De la misma forma que la argumentación de la solidez del sistema financiero ya huele más que el calcetín de un keniata después de la maratón.
El sistema regulatorio del Banco de España ha sido un milagro caído del cielo en forma de provisiones extraordinarias, llevaderas en tiempos de turrón y uvas. De hecho, la banca española sigue viviendo de aquella situación mal que le pese. La refinanciación del ladrillo ha sido posible gracias a esas provisiones y a las excelentes cuentas de resultados del primer quinquenio del siglo. Cualquier otro sistema financiero hubiera dejado irse al carajo al sector y aquí no ha pasado nada.
Pero los dos próximos años van a ser complicados hasta para el listillo de Botín. Esa despensa acumulada tiene un límite que no se corresponde con los dos o tres años que tardará la economía española en reactivarse. Las cuentas de resultados ya están adelgazando y la morosidad continúa acechando. No es lo mismo desembarazarse de un activo tóxico que de un parque de un millón de viviendas en cartera. No es lo mismo el ritmo de destrucción de activos inmobiliarios con una política de expansión crediticia que con una fuerte contracción de la misma. La contracción del crédito va para largo en un momento en que los bancos están inmersos en pleno proceso de desapalancamiento. Hoy por hoy, tienes suerte si entras a una oficina pidiendo un crédito para montar un restaurante cool y sales con lo justo para una churrería de feria. Es una cuestión de pura lógica, nuestros bancos son más pro cíclicos que la dialéctica hegeliana.
Y frente a este panorama, el señor presidente del gobierno se deja llevar, una vez más, por sus intuiciones autistas y se saca de la chistera el conejo del ICO. Aparentemente, la medida parece lógica y es aplaudida por la opinión pública. Pero retornar al debate de una banca pública en un momento en que el déficit público y la deuda son más mareantes que la montaña rusa de Wisconsin, la verdad, es tentar a todos los diablos, incluido El Cojuelo. Todavía va a resultar que podemos vernos en la misma habitación de fonducho de pueblo que los griegos.

domingo, 1 de marzo de 2009

SUBPRIME MADE IN SPAIN


En 1929, el año del Crack, Frigyes Karinthy, un escritor húngaro no demasiado conocido, escribió un relato corto titulado Cadenas que con el paso del tiempo se convirtió en el origen de la Teoría de los Seis Grados de Separación. Esta teoría viene a decir que usted puede estar conectado a un individuo del atolón de las Feicher a través de sólo cinco contactos – seis enlaces en realidad. En otras palabras, podemos llegar a conocer absolutamente a toda la población mundial, incluida Madonna, a través de tan sólo seis enlaces. La teoría siempre se ha considerado una curiosidad cuando no un delirio de imbéciles. Pero, mire usted por dónde, la todopoderosa Microsoft ha dedicado un buen montón de tiempo y recursos a probar su veracidad. La conclusión a la que se ha llegado es que la teoría efectivamente es incorrecta ya que no son 6 grados, sino 6, 6 los que le separan a usted de cualquier otra persona del planeta. Algunos llaman a esto Globalización y lo consideran la octava maravilla, menos cuando se activa la gripe aviar, el mal de las vacas locas o el temido Ébola.
Sin embargo, en la ciencia económica la Teoría de los Seis Grados es tan antigua como el concepto de valor. Incluso es más relativa ya que, en determinadas ocasiones, los seis grados se ven reducidos a uno o dos. De hecho, la Economía se asemeja más al guión de Con la muerte en los talones o a un intento de batir un record Guinness tirando fichas de dominó que a la cándida casuística de Karinthy. Es lo que llamamos los ciclos infernales, un auténtico entramado apocalíptico que, cuando se produce, destruye décadas de trabajo y creación de valor.
Ambas cosas, la Teoría de los Seis Grados y el Ciclo Infernal, pueden explicar un auténtico milagro de la naturaleza como es la conversión de miles de hipotecas españolas en basura subprime.
Voy a ahorrarles la descripción y definición de préstamos subprime porque a estas alturas de la película es algo más conocido que la marca de las maracas de Machín. Está claro que las entidades crediticias norteamericanas no se comportaron con ingenuidad, sino con avaricia desmedida al establecer un rango cero de riesgo en sus operaciones pasando luego a complicarlo más aún al estructurar ese crédito en productos financieros de alto riesgo y rimbombantes nombres que atrajeron a nuevos candidatos al Nobel de la Avaricia desde la Vieja Europa, incluido Mr. Triunfador Botín que, por cierto, rima con el amigo de los angelotes negros.
Esto ocurrió hace meses, aunque a algunos les parezca una eternidad. Pero, en España las aguas bajaban tranquilas porque el mensaje era claro: las medidas de control del Banco de España hacen imposible una situación similar, en España no hay subprimes y el sistema financiero podrá hacer frente a la crisis con solvencia y garantía.
Quizás fuera aparentemente cierto, porque ya saben que las verdades siempre son aparentes. Pero, mire usted por dónde, tuvo que venir a aguar la fiesta la cochambrosa Teoría de los Seis Grados unida al dichoso Ciclo Infernal que más bien parece el título de una de Clint Eastwood. Y, hete aquí, que lo que hasta ese momento eran sólidas hipotecas se convirtieron en subprime made in Spain. La red de redes que es la economía de mercado obró el milagro de los peces y los panes. Aunque más bien fue una de plagas egipcias en forma de insolvencia total, provocada por quiebras, despidos, expedientes de regulación y mucho miedo en el cuerpo.
Es uno de los misterios de la economía moderna, puedes pasar de héroe a villano más rápido que la Cenicienta de princesita a hortera de alpargata. De rico a pobre en menos tiempo que lo que dura una anchoa en un palillo. Y vete a reclamar a la Mano Invisible que lo llevas claro.
Mientras que los norteamericanos son excesivos en todo, hasta en las reacciones inmediatas de intervención pública a diestro y siniestro, la UE se ha mostrado más cauta y ha dejado muy claro que no está por la labor de la intervención por el artículo 33 y menos aún la nacionalización masiva. Pero una cosa es la teoría y otra muy distinta la dura realidad de los Seis Grados. Así que cosas veremos y maravillados quedaremos en los próximos meses. El sistema puede ser todo lo sólido que se quiera, pero le están empezando a crecer los enanos más deprisa que a un tonto las tizas. Las subprime made in Spain, los lodos de las compras de fondos de pacotilla, el vencimiento de los pagos a otros colegas europeos, la creciente inactividad en las operaciones diarias, el cluedo interbancario y otras muchas cosas más que no pueden citarse van a poner a prueba nuestra confianza en los bancos de toda la vida.
Pero, como dijo Владимир Ильич Ульянов, mayormente conocido como Lenin: el límite de la confianza viene marcado por la necesidad.
Y necesidad va a haber más de la que nos gustaría, así que vayan los próceres financieros construyendo explicaciones.

viernes, 20 de febrero de 2009

MOROSOS EN POTENCIA


El ciudadano medio es un moroso en potencia bajo la lupa de los departamentos de riesgo de las entidades financieras, si además es un autónomo las sospechas se incrementan, si es alguien en situación de desempleo, simplemente lo ignoran.
Supongo que todo esto suena al común de los mortales porque quien más quien menos se ha visto en la tesitura de tener que pedir un prestamos en cualquiera de sus variantes a su correspondiente entidad financiera.
Cierto es que, en los últimos años, esas sospechas habían bajado de tono a la vista de la prosperidad sin fin en la que el país se había embarcado. Incluso cuando uno visitaba su banco o caja, tenía la sensación de ser tratado como el ministro plenipotenciario de Villa Conejos. Pero, como decía Morritos Jaeger, todo lo que sube, baja y, en consecuencia, todo lo que baja, sube. De hecho, corre el rumor de que algunas entidades financieras han fichado a antiguos elementos de la Gestapo para dirigir sus departamentos de riesgo.
Ante esta situación, se me ocurren una serie de preguntas, propias de un imbécil, lo sé, pero así somos los viajeros accidentales. Estas cuestiones estarían referidas a ciertas condiciones que debieran reunir las entidades financieras para que el ciudadano medio decidiera suscribir un préstamo con ellas. Así, por ejemplo:
¿Pueden aportar pruebas ciertas de su solvencia?
¿Pueden garantizar que no existan estafadores en potencia entre sus filas?
¿Pueden garantizar que no cuentan con retrasados mentales en su Consejo?
¿Pueden garantizar que no especulan con mi dinero por costumbre?
Y se me ocurren muchas más, pero tampoco es cuestión de convertir esto en una prueba infranqueable?
Cuando he preguntado esto a algunas amistades que están en el negocio de la prestaduría, siempre me han contestado lo mismo: ¡Hombre! Para eso está el Defensor del Cliente.
Personalmente, no tengo nada en contra de tan egregia figura, pero entiendo que si realmente estuviera para eso, aparecería el primero en las listas de trabajadores estresados en los últimos tiempos, cuando más bien ocurre lo contrario.
Sinceramente, en los tiempos que corren, ofrece más garantía el carnicero de la esquina que el presidente de una entidad financiera que, después de anunciar a bombo, platillo, trompetas y sobaos los increíbles resultados de su gestión, deja a miles de inversores perplejos con su decisión de congelar la restitución de sus ahorros.
Y es que, como decía Praxiteles: No te muevas que se me escurre el mármol.
Imagen: Pavel Kaplun

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