miércoles, 15 de junio de 2016

JAVIER C.








Javier C., cincuenta y tres años, casado, dos hijos, estudios universitarios y un master en una acreditada escuela de negocios. Comenzó trabajando en una mediana empresa especializada en componentes eléctricos; posteriormente se incorporó a una empresa tecnológica donde llegó a ser director de compras para finalmente incorporarse a la filial de una multinacional como alto directivo. Situación actual: oportunista o lo que es lo mismo, autónomo dependiente del trabajo que otros le ofrecen periódicamente. Perspectivas de futuro: apenas, salvo sobrevivir como buenamente se pueda hasta que llegue el momento de la jubilación si es que para entonces existe.
No es un caso cualquiera, simplemente es “el caso”, el paradigma socio laboral dominante en un país que parece una sala de cine en la que se proyecta Más dura será la caída, aquella pequeña joya protagonizada por Humphrey Bogart en los años cincuenta. Para quien no la recuerda o simplemente no había nacido, puedo resumir la trama argumental en pocas palabras: Eddie Willis (Humphrey Bogart), un veterano periodista es contratado como agente de prensa por Nick Benko (Rod Steiger), un hombre sin escrúpulos, para que consiga hacer famoso a Toro Moreno, un armario de boxeador, pero torpe y lento, a quien hacen creer que es gran campeón a base de amañar los combates.
La crisis, como acostumbran a llamar al descubrimiento del milagro amañado, ha dejado muchos Toro Moreno en este país, demasiados. Personas acorraladas contra las cuerdas, incapaces de asimilar tanto golpe inesperado, se retiran una y otra vez a su rincón donde escuchan a su promotor anunciar la resurrección de las almas a cambio de sacrificio y austeridad para acabar regresando al ring con la única esperanza de poder regresar al rincón al final del asalto.
En un pasado no muy lejano, existió en este país mucho talento en potencia, pero también surgieron cientos de Benkos que acabaron por ahogarlo en un océano que prometía ser azul y se torno rojo. También existieron muchos Willis, fervorosos creyentes del milagro que lo anunciaron aquí y allá en un derroche de encounters, happenings y toda suerte de “eventos” bautizados con siglas incomprensibles que nadie comprendía muy bien, pero que anunciaban modernidad y progreso.
Ahora ya sólo quedan los Toro Moreno deambulando como caminantes en un futuro cuya única certidumbre es la incertidumbre. Los Benkos hace tiempo que se esfumaron, algunos rezagados duermen su pillaje en alguna celda a la espera de disfrutarlo, otros entran y salen de los juzgados con paso apretado aunque no tanto como sus trajes, camisas y corbatas de a dos mil por pieza, mientras los Willis apenas ya si escriben de esto convertido en aquello, no porque no quieran, sino porque ya no creen en ello.

Aquella vieja película de Bogart se ha transformado en un disparate felliniano en el que nuestro Javier C. Se ha transformado por arte de magia en una Giullieta de los Espíritus, condenado a recordar lo que pudo ser y no fue.  

viernes, 16 de octubre de 2015

PASIÓN Y AMBICIÓN





Hace unos días, tuve la oportunidad y, sobre todo, el placer de charlar con alumnos de Formación Profesional del centro San Eutiquio de Gijón, un lugar privilegiado en lo alto de Cimadevilla desde cuyas aulas se domina toda la bahía.
Allí había personas de Formación Básica, Ciclos Medios y Superiores.  Sus caras eran un combinado de satisfacción por estudiar aquello que les gusta, indiferencia de quien se cree inmortal y superior y hasta desolación de quien descubre que aquel es su último refugio.
Cuando comenté que íbamos a hablar de “talento”, la gran mayoría expreso curiosidad, pero también perplejidad como si el talento perteneciera a otras esferas planetarias muy alejadas de la humilde Formación Profesional. Quizás por ello, mi primera y rotunda afirmación fue: “todos los que estamos hoy aquí poseemos un increíble potencial de talento aunque también es cierto que algunos de vosotros nunca llegareis a descubrirlo”.
No se me ocurrió mejor símil para explicar en qué consiste el talento que recurrir a una receta culinaria y, como no podía ser de otra forma estando en Asturias, presente el secreto del “cachopo de talento”:

·      20% de Conocimientos
·      30% de Aptitud
·      50% de Actitud

Hablar de actitud es como citar el Santo Grial, se supone qué, pero nunca se llega a saber ni dónde, ni cómo por lo que decidí ser claro y conciso: “el talento no es otra cosa que pasión aderezada con ciertos toques de conocimientos y una correcta aptitud”.
Es importante “saber”, aún más “saber cómo”, pero al final lo único que cuenta es “querer hacer”.
Querer hacer es un sinónimo de pasión y tiene otros más: querer hacer más, querer superarse, querer ser mejor y, sobre todo, querer ser feliz.
Hablar de felicidad a chavales que están a punto de enfrentarse a la dura realidad del mercado laboral es un ejercicio de convicción y peligrosa sinceridad, pero quien suscribe no ha conocido otra formula en la vida y no me ha ido tan mal.
“Para ser feliz hay que tener mazo pasta”, comentó alguien desde las últimas filas, como no podía ser de otra manera…
“El dinero sirve para no pensar en el dinero”, contesté y añadí: “pero recuerda que quien sólo trabaja por dinero siempre estará condenado a trabajar por obligación. Todo el mundo trabaja por algo, pero no sólo necesariamente por dinero”.
Y, todo ello, me llevó a la siguiente estación: ambición.
Pasión y ambición, los dos componentes esenciales del talento.
La ambición siempre ha estado mal vista en una sociedad con profundas raíces religiosas, pero como ocurre con el colesterol, la ambición presenta dos caras. La ambición desmedida es tan mala en Cangas de Narcea como en Honolulu, pero hablamos de la ambición como desencadenante de crecimiento y desarrollo personal. La pasión es el motor y la ambición el combustible que lo alimenta.

“Buscar aquello que os haga sentir bien y cuando lo encontréis, poner pasión y ambición, sólo así descubriréis vuestro talento”, este fue mi consejo.

lunes, 28 de septiembre de 2015

EN EL FONDO DEL ALMA





El talento es como el alma, todos sabemos que hay algo aunque no llegamos a definirlo con exactitud.
Hablar de talento en la empresa es como tratar de atrapar el agua entre las manos, parece que lo consigues, pero finalmente se escurre entre tus dedos de forma irremediable.
Por supuesto, tal futbolista, actor, pintor o escritor poseen un talento increíble, pero desgraciadamente es un ejemplo que no sirve de mucho en la empresa. No buscamos individualidades, necesitamos una cultura corporativa que abarque al mayor numero de personas de la organización.

¿Dónde se encuentra el talento en la empresa?

Sobre esto existe un consenso universal: el talento reside en las personas.

¿Qué es el talento en la empresa?

Aquí reside el problema, de momento, irresoluble por mucho que algunos insistan en poner por delante tal o cual definición de este o aquel autor. Cuando llega la hora de la verdad, resulta difícil encontrar diferencias notables entre definiciones de altas competencias y talento.

¿Qué diferencia existe entre alguien que ejecuta de forma altamente notable sus tareas y alguien a quien se le otorga un talento increíble en las mismas?

Sin embargo, las diferencias existen…

De momento, el talento es una rara avis en la empresa. Las personas con talento reconocido lo poseen gracias a esa dosis genética que nadie pone en duda junto a grandes cantidades de perseverancia, esfuerzo, confianza en sí mismo y, sobre todo, un enorme disfrute de sus capacidades. En otras palabras, y como diría Unamuno: quod natura non dat, Salamanca non prestat o lo que es lo mismo, lo que la naturaleza no da, la Empresa no otorga.
Todos los estudios apuntan siempre a lo mismo: no existe una cultura extendida de fomento y desarrollo del talento en la empresa. Consecuencia: los head-hunter, la Gestión del Talento y otras estrategias al uso, están dirigidas a un número muy reducido de personas, aquellas llamadas a ejercer puestos de responsabilidad en la organización. Pero no acaba aquí el asunto porque la prueba de vida del talento siempre acaba siendo la misma: resultados, resultados y resultados en los que, por cierto, intervienen algunos individuos más, supuestamente sin talento aunque pueda ser que con competencias aceptables.
Algo no encaja…
No me pidan que arriesgue una definición, una más, de talento, pero si puedo intentar esbozar cómo alcanzar ese estadio superior al ejercicio suficiente del trabajo y permítanme para ello retrotraerme a mis años escolares…
Seguro que todos recuerdan a aquellos “cerebritos” que siempre copaban las “matriculas de honor” en la escuela. ¿Contaban con talento? Pocos, muy pocos de ellos, al menos a los que yo he seguido la pista. Que alguien sepa darle a la tecla con gran habilidad no lo convierte en un gran escritor. Se necesita pasión, ese alma de que hablábamos al principio. Y esa pasión deviene de la felicidad de sentirse bien haciendo lo que uno sabe hacer, haciéndolo cada vez mejor. En otras palabras, el talento es “un estado de gracia” y eso es algo que la empresa no ofrece así porque sí. No porque se niegue a hacerlo sino porque debe conseguirlo con esfuerzo y convicción y, sobre todo, haciendo las cosas de otra manera a como acostumbra a hacerlas para acabar con dos o tres talentos en la cumbre y un montón de curritos disciplinados en las estribaciones de la misma.

En otras palabras, ¿queremos talento? Pues hay que ganárselo.
¿Cómo gestionar el talento, cómo potenciarlo en el mayor número posible de personas de la organización?

Empecemos por lo más obvio: formación y desarrollo. Pero no pensemos que es esencialmente la clave. De hecho, resulta difícil discernir dónde se encuentra la diferencia entre una intervención dirigida a desarrollar competencias y otra específicamente destinada a potenciar el talento. Pero, en cualquier caso, resulta ineludible aunque de la misma forma que se establecen gaps de competencias, se deben diagnosticar potenciales de talento aunando los niveles de aptitud con los de actitud.

Continuemos por algo no tan obvio. ¿Todo talento es valido para la empresa?
Definitivamente, no. La empresa necesita el talento que necesita, es decir aquel que realmente puede ayudarle a alcanzar sus objetivos, el éxito y, en definitiva la excelencia. En consecuencia, la decisión de invertir tiempo y dinero en el desarrollo del potencial de talento de una persona debe venir precedida de un cuidado análisis del puesto y de las relaciones y correspondencias con otros de su entorno inmediato. Contar con talento comunicativo en un manipulador de palets es un lujo que sólo acaba en frustración. Otra cosa bien distinta es invertir la estrategia, es decir buscar talento sin asociarlo al puesto de trabajo definido en base a una política de movilidad y promoción interna avanzada, pero de partida, es suponer demasiado. No busque talento indiscriminadamente, hágalo en base a sus necesidades estratégicas.

Evaluación y desarrollo, pero ¿hay algo más?
Por supuesto, lo esencial: alma.

Recuerden aquello de “nadie contrata a nadie que le cae mal por muy bueno que sea”…
Pues bien, no olviden tampoco que nadie hará nada fuera de lo normal en una empresa en la que no se siente bien. Por supuesto, el problema es descifrar el significado exacto del término “sentirse bien”, una expresión tan polisémica como la de “calidad de vida”.
Para unos sentirse bien en la empresa es contar con una buena remuneración, para otros sentirse valorados, otros se decantan por la imagen y prestigio de la compañía, los hay que prefieren la seguridad y estabilidad y hasta encontramos a quienes ya se sienten bien sin saber exactamente por qué. Pero “sentirse bien” es la primera condición para que el potencial de talento pueda emerger y para ello se necesita una empresa con actitud. Una actitud que se refleja en el compromiso reciproco, la honestidad que deriva en equidad, la preocupación y ocupación en mantener un equilibrio entre objetivos y bienestar de las personas y muchas cosas más sobradamente conocidas, pero no por ello siempre practicadas.

¿Cómo lograrlo?
Permítanme, regresar a las aulas escolares y recordar celebraciones tales como “el día del árbol”, “el día de la violencia” y tantas otras que buscan eso que llamamos “sensibilizar”. No es que sean inútiles, pero el hecho de que se  perpetúen en el tiempo ya da idea de su efectividad, fundamentalmente porque, concluido el acto, se regresa a esa máxima de “cada uno a lo suyo y santas pascuas”. La costumbre no sólo deriva en leyes, también lo hace en actitudes y esta es la estrategia a seguir.
Nadie discute que una política de compensación basada en la búsqueda continua de la equidad es un buen principio, pero conviene no olvidar que “nadie trabaja por nada, pero no lo hace necesariamente sólo por dinero”. La política retributiva de una organización redunda en los índices de satisfacción, pero no es suficiente.
No me veo celebrando “día del árbol” en una compañía papelera, pero tampoco es ese el camino y, menos aún, un masivo plan de concienciación con sesiones formativas y fotos de todos saltando al más puro estilo Viva la Gente a la entrada de la sede corporativa.
La actitud es una cuestión de esfuerzo y perseverancia en el día a día. No es una cuestión que atañe tan sólo a la Dirección y por delegación al área de los Recursos Humanos. Afecta al conjunto de las personas por igual, luego es responsabilidad también de todas ellas aunque, por supuesto, nunca viene mal que esa misma cúpula directiva permita ejercer esa responsabilidad.
Por supuesto que alguien estará pensando en el famoso iceberg y en lo ocultas y herméticas que son las emociones de las personas en una empresa, pero la pregunta es simple: ¿hasta que punto nuestro miedo a expresarlas las convierte en ocultas?
Confianza, confianza y confianza que deriva en sinceridad, sinceridad y sinceridad que aboca a retos y compromisos.
No hace mucho escuche a un responsable de Recursos Humanos: “ nosotros no hacemos encuestas de clima laboral, nos basta con evaluar hasta qué punto las personas están de acuerdo con la cultura de la empresa y al que no le guste, ya sabe…”
Pues bien, planteados los retos con honestidad, sinceridad y confianza, entonces efectivamente, al que no le guste, ya sabe dónde está la puerta…

En fin, el talento es como el alma, todos confiamos en que exista aunque no conseguimos llegar a definirla. Pero quizás la clave resida en que nosotros mismos somos el alma y hasta que no ejerzamos como tal será difícil comprenderla.
Las personas son el alma de la empresa, pero antes necesitan construirla.




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