miércoles, 16 de mayo de 2012

AUSTERIDAD


Palabras como austeridad o felicidad tienen un carácter polisémico por definición, su ambigüedad y libertad de interpretación las convierte en repositorio predilecto de políticos del tres al cuarto y gerentes mequetrefes de corporaciones en apuros.
Es famosa la austeridad de Felipe II aunque difícilmente comprensible en el megalítico escenario de El Escorial. Ser invitado a comer con Hitler era toda una desgracia, el hambre estaba garantizada al igual que la tabarra interminable de sus monólogos sobre la Gran Guerra, todo ello en un sencillo comedor de incomodas sillas, pero rodeado de los gigantescos salones e interminables galerías de la nueva Cancillería del Reich.
La austeridad puede ser el reflejo de una vida apenas vivida, pero también puede ser la expresión última de la cobardía más infame. En estos días que dejamos correr apurando nuestro futuro, los políticos se muestran austeros en sus declaraciones, convirtiendo la prudencia en el mejor escudo contra todo ataque que les recuerde su pusilánime pasado reciente. Los grandes empresarios apenas si se dejan ver, cobardes y rendidos a la baja estofa de su sabiduría oportunista. ¿Qué fue de los Botines, los González, los Fainé o los Blesa?
No se engañen, en este país hay mucho, mucho dinero resultante del saqueo continuado y obsceno que hemos sufrido en los últimos quince años. Dinero que esperará paciente a que todo se olvide. Mientras tanto, el silencio por consigna y la austeridad por doctrina. Una austeridad consistente en callar, aguardar y dejar que pase lo que tenga que pasar. Demasiado grandes para caer, demasiado ricos para temer. Dejemos que el tiempo, esa gran estrategia de la evolución selectiva, haga su trabajo y se cobre sus victimas.
Pero la palabra austeridad también significa “cumplimiento riguroso de las normas morales” y, en este sentido, tanto políticos, banqueros, empresarios del ladrillo y demás horda se han convertido en el paradigma del insulto a la austeridad y, de paso, a la inteligencia.
Nos sentimos huérfanos de futuro, abandonados a nuestra suerte y a los caprichos de gente mediocre que pretende influir en nuestros destinos. Muchos de nosotros ya no pueden ni siquiera practicar la austeridad impuesta, avocados a la desesperanza y la miseria.
Pero todavía nos queda un último significado de la palabra austeridad, aquel que dice consistir en la renuncia a lo innecesario. Quizás sea el momento de ser auténticamente austeros tomando la decisión de prescindir de aquello que nos resulta superfluo: políticos incapaces cuando no corruptos, empresarios de opereta que supieron gestionar sus negocios cuando hasta el más tonto vendía bollos de madera, oportunistas, arribistas, especuladores y demás morralla que permitimos convivir con las esperanzas, el esfuerzo y la ilusión.
Nos amenazarán con el abismo, la quiebra y la ausencia de futuro, pero no existe mayor tiniebla que la provocada por quienes esconden las luces intentando ocultar su impotencia y miseria.
Es la hora de la austeridad, entendida como la defensa de la inteligencia, la moral y el futuro.

6 comentarios:

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Vamos... lo que yo decía.
Un abrazo.

JLMON dijo...

Pues eso querido compañero...
Si es que somos primos hermanos.
Cuidate

Fernando Lopez Fernandez dijo...

Es la hora de la austeridad, entendida como la defensa de la inteligencia, la moral y el futuro.

amen. Un abrazo

JLMON dijo...

EFECTIVAMENTE FERNANDO!!!

Alice dijo...

Resulta elegantemente gentil y compasivo el modo de expulsar de nuestro intelecto aquello de lo cual debemos prescindir. Y que realmente no sé si alguna vez estuvo. Me remito a otros horizontes pero el argumento es válido. Gracias Fernando, como siempre,
tus síntesis son muy valiosas.

JLMON dijo...

Gracias por la visita y el comentario Alice

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