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viernes, 19 de junio de 2009

NO TENGO MIEDO


Hace algunos días leía los peligros de volcar tus opiniones en la red por la eterna permanencia de los mismos. En otras palabras: cuidado con lo que dices porque te perseguirá toda la vida.
Siguiendo esta premisa, hace tiempo que debiera haber convertido este blog en un espacio aséptico dedicado al cultivo de las orquideas o al coleccionismo de vitolas. Pero, a estas alturas de la vida, poco le van a perseguir a uno sus ideas. Además, las ideas no están para que te acosen, sino para defenderlas con coherencia y dignidad.
Coherencia y dignidad es lo que me hacen escribir estas líneas inmediatamente después de recibir un flash informativo: ETA mata a un policía con una bomba en Vizcaya.
Podría ignorar el suceso. Podría escribir sobre la situación financiera, el liderazgo, la innovación disruptiva o las lechugas del huerto Obama. Podría hacerlo pensando en la huella ideológica que puedes dejar impresa en la red. También podría cerrar hoy mismo este espacio y renunciar a defender mis ideas. Pero coherencia y dignidad son dos condiciones ineludibles para que mañana pueda seguir viviendo.
Quizás pierda definitivamente algunos lectores. Quizás confirme mi presencia en alguna lista negra de las muchas que existen. Quizás pierda algún trabajo en el futuro. Quizás alguien me recuerde estas palabras cuatro o cinco años después. Pero coherencia y dignidad es algo que jamas debiéramos perder.
Podría haber recurrido a otros valores, pero la coherencia es personal y la dignidad debiera ser universal. La una puede admitir ideas y actuaciones radicales, pero la otra te recuerda que, por encima de todo, eres humano y como tal debes aspirar a un comportamiento inteligente cuando la violencia es la expresión máxima de ausencia de inteligencia y humanidad.
No se quien era Eduardo Pueyes García, inspector de la Policía Nacional. No se si quien lo ha asesinado lo ha hecho por venganza, convicción ideológica o coherencia personal. Pero nunca podrá decir que lo ha hecho por dignidad. Esto es algo que le acompañará durante toda su vida, tarde o temprano se hará presente y le hará caer en la cuenta de que nació para desperdiciar su vida y la de los demás. No quisiera estar en su pellejo.
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lunes, 23 de febrero de 2009

LLEGA EL HAMBRE


Hasta no hace mucho se les llamaba Comedores de Beneficencia, con la llegada de la modernidad se impuso un término más aséptico y, a decir de los entendidos, menos ofensivo: Comedores Sociales. En cualquier caso, estos comedores siempre han estado ahí desde los tiempos del panem et circenses que ya les costaba una pasta gansa a los patricios a cambio de no ver alteradas sus vidas.
Esta prestancia en la historia hace que no sean un indicador fiable para tiempos de crisis porque, como decía Schiller, la amargura y desesperanza es consustancial al hombre. Pero el incremento en la demanda es una variable que no admite discusión. Y esta demanda se ha disparado en los últimos meses de una punta a otra del país, haciendo crecer las cifras de ocupación de un 72% de media a un peligroso 97%. Pero lo realmente preocupante es que los demandantes habituales han dejado de ser los pobres de solemnidad para pasar a ser reemplazados por los damnificados de la prosperidad.
Nunca he sido amigo de entrar a juzgar o tan siquiera opinar en estos temas porque sólo quienes los padecen saben realmente el alcance y dimensión de su tragedia. Pero la intuición me dice que quienes ingresan inesperadamente en esta desdicha social, la sufren en mayor medida que quienes la arrastran endémicamente. De hecho, un responsable de estos lugares de acogida me comentaba hoy que se encuentran saturados, pero que la situación es llevadera porque lo que se demanda no es una comida caliente, sino más bien un bocadillo. Y tiene su sentido a poco que reflexionemos. Quienes se han visto abocados a esta situación de forma repentina, son personas que sufren vergüenza social. Prefieren recoger de forma rápida un bocadillo de tortilla o sardinillas que podrán comer en el banco de algún parque o en la penumbra de una casa hipotecada. Personas que todavía conservan su entorno familiar aunque no entienden qué ha ocurrido o cómo ha podido suceder. Y hablo de quienes en la desgracia aún pueden considerarse afortunados de mantener algunas de sus referencias vitales. Algo que no pueden atesorar los miles de inmigrantes atrapados en esta trampa sin salida que es el paraíso envenenado.
En el pasado, cuando las penurias apretaban, las clases acomodadas se tornaban más discretas por temor a una reacción social incontrolada. Hoy en día, ocurre algo parecido aunque no de forma tan acusada porque la modernidad también nos trajo la castración emocional y la indiferencia moral.
Siempre queda el consuelo del devenir. De igual forma que pasamos del papel de periódico al de váter con doble capa y mascota incluida, de igual manera que superamos el isocarro para llegar a la Vaneo con deuvedé y de la misma manera que pasamos de pintorescos a pretenciosos, llegarán tiempos mejores. Tan sólo espero y deseo que nuestro fracaso se convierta en éxito al haber comprendido la lección.

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