viernes, 25 de marzo de 2011

QUE NO SE MUEVA NADIE (LA TRAMPA AUTONÓMICA - 2)


LA TRAMPA AUTONÓMICA - 2
Antes de que el coronel Tejero pronunciara el “que no se mueva nadie” en el marco de la comedia bufa que tuvo a gala protagonizar, esa frase ya había sido pronunciada en toda España con la consagración del Estado de las Autonomías, una federación descentralizada de comunidades autónomas con diferentes grados de autogobierno.
El Estado de las Autonomías, como ya comentaba en el primer post de esta serie, puede considerarse una decisión de compromiso positiva y hasta histórica en el complejo marco de la denominada “transición”. Sin embargo, con el paso de los años y la normalización de la vida democrática, este marco de articulación territorial se esta demostrando ineficaz, más aún en el entorno de la crisis y recesión que vivimos desde hace ya cuatro años. Muchas son las expresiones de esta ineficacia, la mayoría sobradamente conocidas, pero puestas en relación con la situación económica y sociopolítica que atravesamos, algunas de ellas se presentan particularmente dramáticas.
Inauguradas las 17 comunidades autónomas y dos ciudades autónomas, todas ellas gritaron al unísono la misma consigna: ¡qué no se mueva nadie, quieto todo el mundo!
La principal baza de cada una de las autonomías, más allá de su carácter histórico, es la población que reside en sus límites territoriales. En otras palabras, desde sus inicios, la principal preocupación de cada gobierno autónomo fue fijar a la población en el territorio, el mantenimiento de población y municipios fue y es un objetivo estratégico. Para ello, había que elevar “la calidad de vida” de los habitantes de estos municipios, dotándolos de todo tipo de servicios mínimos y, con el paso del tiempo, de aquellos no tan mínimos, pero considerablemente rentables desde una perspectiva política. Sirva de ejemplo, el caso de los aeropuertos provinciales. España con sus 50 provincias, cuenta con 48 aeropuertos. Esta cifra podría considerarse positiva si no fuera por el balance real de muchos de ellos. Por ejemplo, el aeropuerto de Ciudad Real con un coste cercano a los 1.100 millones de euros se ha convertido en un “aeropuerto fantasma” en el que apenas se producen vuelos y que, cuando los hay, registran una ocupación media de nueve a diez personas. Todo ello, ha contribuido en primera instancia a explicar el creciente gasto y correspondiente endeudamiento de municipios y autonomías y, en definitiva, del Gobierno Central. Pero no es ésta la única consecuencia de esta obsesión por fijar la población al territorio.
La economía española se caracteriza, entre otras cosas, por una baja movilidad laboral, impidiendo con ello una adecuada y racional distribución de recursos humanos y financieros en base a las necesidades de una economía de escala y a los requerimientos del entorno global. Sobre una población registrada de 40, 8 millones en 2011, 9, 67 millones residen en núcleos de menos de 10. 00o habitantes, pero la población agraria activa se limita a 835.000 personas. Sin embargo, estos núcleos de población cuentan con notables servicios, pese a su escasa contribución al PIB nacional como no podía ser de otra forma ante la imposibilidad de generar negocios viables por la ausencia de una economía de escala.
Esa misma política de fijación al territorio ha impedido la aparición de concentraciones urbanas de entidad que asegurarán el desarrollo de un entramado productivo viable. Tan sólo contamos con una concentración urbana de cierta entidad, Madrid, y otra mucho menor, Barcelona. Fuera de esto abundan las ciudades de tamaño medio – pequeño y, sobre todo, los municipios calificados como pueblos. Todo ello, ha generado un entramado económico basado en la pequeña y mediana empresa con escasas posibilidades de crecimiento y altos costes productivos que comenzó dependiendo de los monopolios públicos durante la autarquía franquista y posteriormente pasó a alimentar a los tres grandes sectores productivos por excelencia: sol, ladrillo y automoción. Lo que sigue ya es historia.
Hoy se inaugura el aeropuerto de Castellón, el último ejemplo de la locura autonómica y acto de soberbia del ínclito Carlos Fabra que seguramente pronunciará aquello de “que no se mueva nadie” no vaya a ser que no salga en la foto.

3 comentarios:

Katy dijo...

Lúcido como siempre. Ahora hay que solucionarlo:) Esto es lo que hay, a ver quien es es el guapo o los guapos que lo ponen todo de nuevo patas arriba.
Un abrazo y buen finde

Javier Rodríguez Albuquerque dijo...

Hola Jose Luis:
Pues yo tenía la percepción de que se estaban desertificando multidud de núcleos urbanos en favor de las grandes aglomeraciones y de que eso era negativo. Por otra parte lo del tejido económico demasiado pequeño yo lo achacaba a otras causas. Pero supongo que estarás mejor informado.
Dudas aparte, lo de los aeropuertos sí que lo conocía y me parece escandaloso. Todos estos reyezuelos decir algo.
Un abrazo.

Fernando López Fernández dijo...

Hola José Luis:

Ya sabes que la gentes suele barrer para casa. lo malo es que esas casas autonómicas se están llenando, con perdón, de mierda.
Unabrazo

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