domingo, 13 de diciembre de 2009

EL CERO Y EL DIEZ


De la misma forma que en la calificación de un examen escolar no debiera existir el 10 o el 0 absoluto, ninguna idea, paradigma o proceso es perfecta. Si esto no fuera así, estaríamos renunciando al Cambio y, en definitiva, al Progreso.
La revalorización de los intangibles en una organización no significa la desaparición de otras consideraciones más materialistas, pero no por ello menos importantes, hay que pagar salarios, amortizar inversiones y, en definitiva, seguir adelante. Pero, de igual forma, mantenerse en posiciones inmovilistas en lo que al valor de las personas se refiere, resulta igual de absurdo cuando no obsceno.
Esta semana, visitaba la sede central de una de las “grandes” de España. No era la primera vez, he estado en esas instalaciones diez o doce veces. Edificios impersonales y minimalistas con una recepción preparada para impresionar a quien se aventura en los dominios de una de las corporaciones tecnológicas más importantes de España y de Europa y, por ello, supuestamente innovadora. Cuando recorres las distintas plantas del complejo, el ambiente es de supuesta concentración absoluta. Metros y metros cuadrados cuajados de hileras de puestos de trabajo ocupados por gentes silenciosas que apenas si levantan la cabeza para enviarte una mirada furtiva. Moquetas mullidas que amortiguan los pasos de quienes accidentalmente se desplazan a las maquinas de café o a los inocuos urinarios. Un carrito de fast food empujado por un venezolano aburrido enchufado a unos pinganillos que escupen compases de un merengue acelerado. Una becaria que habla despreocupadamente por su móvil, ajena a las escasas horas de vida que le quedan en la empresa. La próxima vez quizás aprenda las reglas que imperan en el paraíso. La última innovación de la dirección ha sido privar a los moradores del complejo de cualquier anclaje emocional con el mundo exterior. Las mesas de trabajo se muestran desiertas de cualquier cosa que no sea la pantalla, el teléfono, un aburrido contenedor de lápices, bolis y rotus, carpetas y los restos del último sucedáneo de café con aspiraciones. Prohibidos los recuerdos. Imposible colar una plantita. Desechados los objetos inútiles y absurdos que solo ocupan espacio, ralentizan la labor de las limpiadoras y pueden llegar a acumular horas y horas de ausente imaginación.
El taylorismo es un viejo recuerdo de un pasado maquinista o, al menos, eso dicen los teóricos de esto que llamamos economía productiva. Es la era de la persona, tiempos de sabiduría y excelencia, conocimiento y talento, proyectos de vida corporativa. Es la hora del humanismo renacido.
El 10 y el 0 son límites impuestos por quien no se atreve a sospechar qué puede haber más allá. Nadie ni nada es un cero absoluto, pero tampoco debiera aspirar a alcanzar el 10 limitador.
Pásenlo bien.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Que pena me doy..
Glory

echar un remiendu dijo...

¿Y que pasa con aquello del manifiesto Cluetrain de quien no se lo pasa bien en el trabajo no rinde al 100% (en este caso al 99%)? ¿No quedamos en que las empresas son conversaciones? A ver si es que la becaria es la única que se lo ha leído...

JLMON dijo...

SÍ, ME TEMO QUE ASÍ ES.
Cuidate

Josep Julián dijo...

No sé, lo que cuentas me suena a una empresa que empieza por T y si es así tengo el gusto de conocer al que inventó el sistema. Un tipo majo, a pesar de todo.
Un abrazo.

JLMON dijo...

Esa, esa misma sin ir más lejos y además pasa por ser una de las pocas empresas innovadoras de España. Ya ves...

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