
Ayer, mi buen amigo José Manuel Pazos en su Economista Asimétrico afirmaba con buen tino que hasta que las cifras de paro no comiencen a remitir, poco hay que esperar por muchas señales y brotes que nos empeñemos en ver. Razón no le falta. Ayer también, el ministro de Trabajo comentaba que en tres o cuatro años habremos vuelto a los índices de ocupación anteriores a la crisis. Afirmación dudosa. La reducción del índice de parados en este país no está necesariamente unida a la reactivación económica internacional, ayudará, pero no será suficiente. El problema no es coyuntural, sino más bien estructural.
Un alto porcentaje de esa bolsa de desempleados son trabajadores con baja cualificación profesional, es decir, la herencia laboral del ladrillo. Trabajadores, aunque sea duro decirlo, difíciles de reintegrar en el mercado laboral de un país que, de momento, no puede ofrecer sectores de actividad alternativos a la construcción y que reúnan sus mismas características: baja cualificación, alta capacidad de absorción de mano de obra, ausencia de competitividad exterior y precariedad. Podemos echar mano del sector servicios y, de forma más concreta de la hostelería y del turismo en general, pero el calcetín se estira hasta un punto, más allá comienzan a aparecer los juanetes. Podemos recurrir a determinados nichos productivos que pudieran absorber, no sin ciertas dificultades, este perfil de trabajador, pero la competitividad es una exigencia ineludible frente a las economías recién incorporadas a la UE, así como los distantes vecinos asiáticos. Podríamos empeñarnos en ambiciosos planes de obra pública, pero hasta las autovías, túneles, pantanos, alta velocidad y aceras municipales tienen un límite, a partir del cual, la cosa entra en el reino de la opereta y las sanciones europeas por incumplimiento de políticas restrictivas en lo que al déficit público se refiere.
En definitiva, dejar pasar el tiempo a ver si la cosa se recompone y, poco a poco, volvemos a la normalidad, es la táctica del tonto del pueblo, con perdón. Tenemos parque de viviendas para rato y, cuando volvamos a ver las grúas en el horizonte, las veremos como signo distintivo de un sector regulado por una demanda crónica limitada. Los servicios y el turismo en particular, sobre todo en determinadas regiones, ayudarán, pero de manera limitada y, sobre todo estacional. La economía sumergida también echará una mano, aunque no aparece en las estadísticas oficiales y apenas influye en el ánimo ciudadano que, a la larga, es un factor clave de estabilidad y motor de consumo. La automoción está desarrollada hasta sus límites lógicos en nuestro país, poco se puede esperar más allá de cierto posicionamiento en nuevas soluciones en la fuente energética. Las energías alternativas aparecen de forma recurrente en nuestro futuro, pero ni pueden absorber bolsas de desempleo de esta magnitud, ni está claro que sean la solución definitiva a nuestros males energéticos.
Está claro que nos hace falta un plan. Es decir, un posicionamiento estratégico de carácter estructural que permita comenzar a articular las políticas de inversión con cierta lógica constructiva de futuro. Está bien preocuparse por el cocido que está en el fuego, pero mientras tanto los pájaros pueden comerse la cosecha que espera en los campos.





